¿Me pone un Nescafé por favor?

hurto
Hoy he tenido ocasión de presenciar una muestra de las trazas de la marginalidad que la crisis está dejando en nuestro país a lo largo de los últimos años. Un caso que sirve de ejemplo de las diferentes clases de sensibilidades de las que toman partido según sean unas personas u otras.

Mientras me hallaba a la cola de uno de las grandes cadenas de supermercados de una famosa marca valenciana, pude observar como un hombre de unos treinta y tantos trataba de abrirse paso para salir de aquella superficie intentando zafarse de las manos de una aguerrida empleada, que supongo que sería la encargada y, que finalmente consiguió agarrarle al tiempo que profería que qué es lo que se llevaba. Le desprovisionaron de cuatro botes de Nescafé que ocultaba bajo el abrigo y, por más que el pobre desdichado les imploraba con lágrimas en los ojos que no llamaran a comisaría, que hace poco que ya estuvo allí, aquellos indolentes empleados haciendo caso omiso al ruego prestos se dispusieron a hacerlo.

En esos momentos pude apreciar opiniones confrontadas, por un lado los trabajadores de allí que estaban dispuestos a cortar el problema de raíz y, por otro las personas de la cola encontrábamos desmesurada la llamada a la policía por el hurto de cuatro Nescafés. Esta es la sociedad que nos toca vivir, detenidos se llevan a los que no tienen nada y afanan una simpleza para sobrevivir y salen impunes los que nos roban a todos y han amasado su fortuna personal a base de despropósitos formados por desfalcos y saqueos masivos que nos hacen empobrecernos al pueblo cada vez un poco más. ¿Pero de que nos asombramos? Esta es la España en la que vivimos, el país de pandereta y cuchufleta que es más ladrón el desgraciado que sisa para subsistir que las astronómicas cantidades que nos quitan las nefastas eléctricas que tenemos así, por la cara y con todo el morro.

A la salida del hipermercado le comenté a uno de los chicos que tuvieron participación en la afrenta que veía innecesaria la llamada a la policía, que si no bastaba con haberlo echado e incautado lo adquirido y me contestó que era la única forma de evitar que siguiera volviéndolo a hacer un día tras otro.

Lo acontecido no es más que otro caso vivido por alguien al que ya le quedan pocos o ningún recurso. Tal vez podamos reconfortarnos al sentirlo aún lejano de las carnes propias, pero tal y como están las cosas el futuro se presenta incierto y cualquiera puede verse abocado en situaciones similares. Tal vez uno de esos empleados que tanto empeño pusieron en dar un escarmiento comprendan el día de mañana la desesperación camuflada tras la mirada de quien ya no tiene nada.